Juicio Político

La nostalgia no basta

“No sucumbas a la añoranza. Sal a la calle. Ve a una ciudad vecina, a un país extranjero…, pero no viajes al pasado que duele”: Pablo Picasso

En los últimos años, las redes sociales se han convertido en un gran álbum colectivo de recuerdos. Con frecuencia aparecen fotografías, caricaturas, juguetes, programas de televisión o lugares emblemáticos de Ciudad Juárez acompañados de la pregunta: “¿Quién recuerda esto?”. Basta un “me gusta” para despertar la nostalgia y trasladarnos, por unos instantes, a una época que muchos consideran más sencilla y cercana.

Quienes nacieron y crecieron en esta frontera evocan con afecto las noches de baile, las cantinas tradicionales, los centros nocturnos, el galgodromo e hipódromo y la elegancia que distinguía a quienes recorrían la avenida Juárez. Nombres como el Hotel Silvia’s o el Salón La Fiesta, forman parte de la memoria colectiva de una ciudad que alguna vez respiró un ambiente de convivencia y dinamismo difícil de olvidar.

Pero este artículo no pretende idealizar el Juárez de antaño. Más bien, busca reflexionar sobre aquello que, sin darnos cuenta, hemos dejado escapar: la convivencia cotidiana entre vecinos, las amistades que nacían en la escuela, las tardes interminables jugando en la calle y la tranquilidad de saber que los espacios públicos pertenecían a las familias.

Con el paso del tiempo, la tecnología transformó profundamente nuestra manera de vivir. Los teléfonos inteligentes, las tabletas, los videojuegos y las redes sociales pasaron de ser herramientas para facilitar la comunicación a convertirse, en muchos casos, en el centro de nuestra vida diaria. Lo preocupante no es su existencia, sino el uso excesivo que hacemos de ellos, al grado de sustituir la convivencia familiar por una pantalla.

Paradójicamente, las redes sociales nacieron con el propósito de acercar a las personas, derribar distancias y facilitar el intercambio de información. Sin embargo, hoy es común encontrar familias reunidas físicamente, pero emocionalmente distantes, cada integrante absorto en el contenido de su propio dispositivo, mientras tanto, los parques permanecen vacíos. Son pocos los niños que conocen juegos tradicionales como la quemada, el bote pateado, las escondidas o la burra. Juegos que, más allá del entretenimiento, enseñaban a trabajar en equipo, resolver conflictos, respetar reglas, desarrollar habilidades motrices y fortalecer la imaginación.

Es cierto que Ciudad Juárez atravesó años difíciles marcados por la violencia y la inseguridad. Muchas familias optaron por refugiarse en sus hogares ante la incapacidad del Estado para garantizar plenamente uno de los derechos humanos más importantes: la seguridad. Esa decisión fue comprensible, sin embargo, también es cierto que, una vez recuperadas muchas condiciones de tranquilidad, corresponde a la sociedad reconstruir los vínculos comunitarios que el miedo fracturó.

La recuperación del tejido social no depende exclusivamente de las autoridades. Comienza en cada hogar, en cada parque y en cada calle. Empieza cuando saludamos al vecino, cuando permitimos que nuestros hijos jueguen con otros niños, cuando compartimos tiempo sin la intermediación de una pantalla, cuando nos reunimos como vecinos a limpiar las áreas comunes entre otras cosas.

El cambio también se refleja en la música que consumen las nuevas generaciones. Las canciones infantiles que transmitían valores como el respeto, la amistad, el amor a la familia y la solidaridad, han sido desplazadas por contenidos que, en muchas ocasiones, privilegian la superficialidad, el consumo y la sexualización temprana. No se trata de condenar los nuevos géneros musicales, sino de preguntarnos qué mensajes reciben diariamente nuestros hijos y qué papel desempeñamos los adultos en su formación.

Porque, al final, educar no consiste únicamente en proveer alimentos, vestido o tecnología. Educar es estar presente, es escuchar, acompañar, corregir con amor y dedicar tiempo de calidad. Es imposible formar ciudadanos comprometidos cuando los propios adultos vivimos atrapados en el mismo aislamiento digital que criticamos.

No propongo renunciar a la tecnología. Sería absurdo desconocer los enormes beneficios que ha traído para la educación, el trabajo y la comunicación. La verdadera invitación consiste en encontrar un equilibrio. Limitar el tiempo frente a las pantallas, promover actividades al aire libre, recuperar los juegos tradicionales, visitar los parques y, sobre todo, volver a convivir.

Despierta tu niño interior, involúcrate, recupera el juego en tu diario vivir pues solo de esta manera se recuperará un mundo que se esta saliendo de nuestras manos, recuerda que el juego, además de divertir, permite el desarrollo de habilidades motoras y creativas, así que te invito a intentarlo, recuperemos a nuestros hijos, convivamos con los vecinos, recuperemos los espacios públicos antes de que sea demasiado tarde.

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