2026: en la frontera donde hasta las piedras trabajan

Alguna vez alguien dijo, medio en broma y medio en serio, que en esta frontera no trabaja quien no quiere; que basta un poco de ingenio y otro tanto de audacia para transformar cualquier cosa en sustento. La frase sonaba exagerada, casi como una leyenda urbana que se repite para presumir fortaleza económica, hasta que la realidad decidió confirmarla sin adornos.
La historia cuenta que un padre aseguró a su hijo que en este lugar era posible levantar un negocio de lo que fuera, incluso —dijo sin titubeos— vendiendo piedras. El muchacho sonrió con incredulidad. Pensó que se trataba de una metáfora. Sin embargo, al poco tiempo de llegar, en uno de los cruceros más transitados, la escena fue reveladora: un hombre ofrecía pequeñas piedras en bolsitas de plástico, útiles para quitar la pelusa de la ropa. Piedras. Con precio. Con clientela.
Ese instante explica muchas cosas. Aquí la sobrevivencia no se improvisa: se construye todos los días. Se afina con la experiencia y se corrige con el error. Hay quienes venden burritos al amanecer desde la cajuela de un automóvil; es muy común, muy familiar, verlos permanecer fuera de los Oxxos y Superettes, con el vapor de un café o un chocolate caliente escapándose como anuncio silencioso, sosteniendo el día a día de quienes venden y de quienes compran. Otros empujan carritos de tacos al vapor, recorren colonias todavía adormecidas o instalan mesas plegables donde caben décadas de recetas familiares.
Hay manos que convierten llantas usadas en macetas, tarimas en muebles, latas en lámparas, retazos en identidad. En los semáforos no solo se detienen los vehículos; también nacen ideas. Aparecen limpiaparabrisas con precisión quirúrgica, malabaristas que dominan el fuego, jóvenes que rapean la vida en menos de un minuto, mujeres que ofrecen dulces hechos en casa con la intuición exacta del gusto local. Se venden cargadores, paraguas, flores, herramientas mínimas para emergencias cotidianas. La calle dicta la oferta y el clima decide el precio.
Hay talento en cada esquina: carpinteros sin local fijo, pero con agenda llena; costureras que salvan uniformes escolares y vestidos de último momento; mecánicos que diagnostican con el oído; estilistas que montan su negocio en una cochera; músicos que convierten la espera en escenario. Todo circula. Todo se adapta. La creatividad aquí no es un adorno: es una forma de resistencia. La suspicacia se aprende rápido y la iniciativa se vuelve una segunda piel. Saber leer la temporada, anticipar la necesidad, entender el humor colectivo. Cuando hay frío, aparecen los guantes; cuando el empleo formal escasea, la imaginación toma la delantera.
Cuando la fe convoca, el comercio también se organiza: velas, artículos religiosos y recuerdos se ofrecen al paso cuando llegan reliquias a los templos o ante celebraciones de gran impacto. En diciembre, las rosas, veladoras y medallitas acompañan la devoción guadalupana; más adelante, las luces y los adornos navideños iluminan esquinas y banquetas. Así, en esta frontera, el ingenio se vuelve oficio y el comercio, una forma cotidiana de resistencia.
Es precisamente en ese pulso cotidiano donde se asoma el futuro que comienza. El próximo año no se construirá únicamente desde grandes proyectos o discursos optimistas, sino desde estas pequeñas decisiones diarias: el que se atreve a vender algo distinto, la que convierte su talento en ingreso, el que no espera condiciones ideales para empezar. La ciudad que viene se está armando en los cruceros, en las cocinas improvisadas, en los talleres caseros, en cada intento que se niega a desaparecer.
Porque detrás de cada venta hay una familia sosteniéndose, un proyecto creciendo, una esperanza ensayando permanencia. Y mientras exista esa capacidad de observar, imaginar y atreverse, habrá futuro. Tal vez incierto, tal vez desafiante, pero profundamente vivo. Aquí hasta las piedras encuentran oficio. Y mientras eso siga ocurriendo, el 2026 no será solo una fecha en el calendario, sino la confirmación de que esta frontera seguirá avanzando, empujada por la inventiva de su gente y la convicción silenciosa de que siempre hay algo más por construir.
Laura Ortiz / Doctora




