Apuntes de un historiador cuentero

En los últimos doce meses me he iniciado en ese antiguo oficio del cuentacuentos. Sobre todo, el contar para las infancias. Es gracias a mi trabajo como mediador de lectura en el Centro Cultural de las Fronteras en Ciudad Juárez que me he enfocado en dicha población. Desde ahí empecé a tejer mi formación en Historia con este oficio del narrar. Por ello quiero hablarles de algunas reflexiones que he tenido como un historiador cuentero.
Pareciera que hay una oposición natural entre el contar cuentos y la Historia (la escribo con mayúscula para referirme a la ciencia social). Si bien las diferencias entre sus objetivos están claramente diferenciadas esto no quiere decir que no existan puntos de convergencia. Un punto donde se encuentran es en la narración. Ahora bien, cuando un cuentacuentos narra no tiene deuda con la verdad, mientras que para el historiador sí existe un tema de rigurosidad y acercamiento a una verdad (aunque no sea cien por ciento objetiva). No obstante, ambas profesiones buscan presentar una historia, la primera desde un punto de vista artístico y la otra desde la investigación social.
De esa forma la narración histórica puede servir de materia prima a la narración oral. En esa interacción toma parte importante la divulgación y enseñanza de la historia. Pues estos ámbitos profesionales tienen que echar mano de otras disciplinas para poder comunicar de manera accesible y en diversos formatos. Por lo que si nuestro objetivo principal es divulgar sobre algún tema histórico se puede optar por hacer uso de la narración oral. Tomando en cuenta el nivel de seriedad y dedicación que implica contar una historia en voz alta.
También puede existir el caso que al contar un cuento se cumpla con la transmisión de cierto conocimiento histórico sin haber sido ese el principal objetivo. O que ni siquiera estuviera en el radar de la actividad hablar del pasado. Tal situación muestra la relación tan antigua que se tiene entre la oralidad y el origen de la Historia como el estudio del pasado. Pues las primeras explicaciones del pasado de la humanidad se valían de cuentacuentos, oficio que ha sido amplio y diverso, para su transmisión.
Otro punto de encuentro entre el contar cuentos y la Historia es en su relación con las infancias. Para esto se debe replantear la función social de la Historia con la niñez, ya que esta población tiene derecho al conocimiento histórico. Y con esto me refiero a ir mas allá de la enseñanza escolar de la historia. En realidad, pienso que debe haber una desescolarización de la historia, para más bien incentivarla como una práctica de pensamiento cotidiana. Y eso incluye a las niñas, niños y adolescentes como sujetos que pueden investigar, divulgar e imaginar su propia historia.
Es justamente a través de la imaginación histórica, aplicada a la narración oral, que me he podido dar libertades que en otros contextos sería imposible. He ahí la importancia de pensar y actuar de forma transdisciplinaria. En esos términos quiero invitar sobre todo a quienes se dedican a la investigación, divulgación y enseñanza de la historia a salir de la caja y atreverse de vez en cuando a contar cuentos relacionados con sus temas favoritos.
A la hora de escuchar un mito, una leyenda o un cuento las infancias echan a volar su imaginación y hacen preguntas por el pasado que les rodea. Es por ello que me he valido de objetos antiguos o ejercicios de dibujo para detonar esa imaginación histórica. Es decir, aquella capacidad de poder recrear mentalmente otros tiempos, personajes y sucesos históricos, tanto de forma individual como colectiva.
En conclusión, la historia nos brinda muchas posibilidades y nos abre el camino a otras formas de transmitir ese conocimiento. El cual puede liberarse por unos instantes del artículo de investigación para viajar por el aire y llegar hacia su origen milenario. Denle una oportunidad a contar cuentos.




