Las semillas de una maestra: premio Kirá 2026

El domingo 8 de marzo, en la sesión de Cabildo que, en esta ocasión, tuvo como escenario el Centro Municipal de las Artes, la tarde tenía ese aire solemne que sólo aparece cuando la ciudad decide detenerse un momento para reconocer a los suyos. No eran aplausos ruidosos ni ceremonia ostentosa; era más bien una emoción contenida, como cuando se sabe que la historia de una persona ha tocado muchas vidas. Ahí estaba la maestra Mónica Alicia Juárez Correa, mujer de voz firme, acostumbrada a los micrófonos y a las aulas, pero también a las batallas silenciosas de quienes defienden causas justas. Al recibir la Presea Kirá, una distinción que el Ayuntamiento entrega cada año a mujeres cuya trayectoria ha contribuido al desarrollo social y cultural de la comunidad, no sólo se reconocía a una persona. Se reconocía a todas esas horas frente a un grupo de alumnos, a los programas de radio donde la palabra se convirtió en conciencia, a los poemas que nacieron en medio de una ciudad compleja y viva.
Kirá, cuyo nombre en lengua rarámuri significa “hija de la mujer”, simboliza precisamente eso: reconocer a quienes han abierto caminos para otras.
El homenaje llega después de más de tres décadas de trabajo constante. Maestra de vocación, promotora cultural, autora de poemarios, ha hecho de la palabra y de la enseñanza herramientas para sembrar conciencia y abrir espacios de reflexión, particularmente en torno a los derechos de las mujeres.
La trayectoria también incluye su participación en el servicio público municipal en el área de Educación y Cultura, su indispensable presencia en las sesiones del Ateneo Fronterizo, así como en diversas iniciativas y organizaciones sociales que han buscado fortalecer el tejido comunitario de esta frontera.
Pero, más allá de los cargos o los títulos, lo que se reconoció fue una vida dedicada a acompañar procesos, a impulsar ideas y a tender puentes entre la educación, la cultura y la participación ciudadana.
Y mientras el aplauso recorría el recinto, uno pensaba que en una ciudad como la nuestra —forjada entre arena, trabajo y carácter— hay mujeres que no buscan reflectores, pero terminan iluminando el camino de muchos.
La historia de la maestra pertenece a ese tipo de vidas que se van tejiendo con paciencia, palabra y convicción.
Cuántas generaciones de muchachos la recuerdan desde sus clases en la popular Secundaria Altavista. En aquel lugar, la poesía no era solo un texto en el libro: era voz, gesto y emoción. Ella declamaba primero, con esa pasión que llenaba el aula, y luego hacía declamar a sus alumnos. Lo mismo podían resonar los versos de Gagliardi que los de Juan de Dios Peza. Y, de pronto, en medio del silencio del salón, algún estudiante, con solemnidad, aumentaba el tono de voz para decir: “Con su chamarra de sol y su guitarra de luz, fumaba mirando al mar el Puerto de Veracruz…”
La poesía debía decirse en voz alta; lo importante era que la palabra se levantara del papel y cobrara vida.
Años después, en el CBTIS 114, nuevas generaciones encontraron en ella esa misma pasión por la palabra, especialmente los jóvenes que integraron el grupo Alborada, con quienes compartió horas de ensayo, disciplina y armonía.
En el Instituto Tecnológico de Ciudad Juárez, la maestra Mónica Alicia encontró otro de los escenarios donde dejó huella: desde la cátedra de Lectura y Redacción, enseñó a muchos jóvenes algo que va más allá de la gramática y las reglas: el valor de la palabra. Entre hojas llenas de correcciones, textos compartidos y lecturas, fue despertando la sensibilidad de ver el mundo y el valor para decir lo que se piensa.
Quizás por eso su legado no se queda únicamente en los reconocimientos recibidos. Permanece, sobre todo, en la memoria de quienes alguna vez se sentaron frente a su escritorio y descubrieron que escribir también es un acto de conciencia, de libertad y de esperanza. Porque, al final, enseñó a muchos a encontrar su propia voz.
En fin, que si una ciudad tiene un estilo, un perfil original y un entorno mágico donde los apasionados por las diversas expresiones artísticas comulgan con devoción, el mérito de su integración debe abonarse en buena parte al esfuerzo de la maestra Mónica Alicia Juárez, maga y duende a la vez, que con sus dones ubicuos ha repartido el perfume de su presencia, su vasta cultura, su sensibilidad poética y hasta su honorable saludo de mano a un buen número de privilegiados juarenses.




