Juangabrielísimo: la algarabía de un pueblo

En Juárez hay nombres que se pronuncian con orgullo y con un dejo de ternura. Uno de ellos, quizás el más grande, es el de Juan Gabriel. Para los juarenses no es solo un cantante o un compositor reconocido mundialmente, es el hijo adoptivo que cantó con amor, que convirtió sus recuerdos en canciones y que siempre, sin importar dónde estuviera, volvió la mirada hacia esta frontera áspera y hermosa. El reciente festejo de “Juangabrielísimo” es prueba viva de que su presencia sigue latiendo entre calles, plazas, mercados y corazones. Cada año, la algarabía se siente desde la víspera. Familias enteras caminan rumbo a los sitios donde se le rinde homenaje, turistas y curiosos se mezclan con quienes lo vieron cantar en vida y hasta con quienes solo lo conocieron a través de las notas de “Amor eterno” o “Querida”. Lo cierto es que el centro de Juárez se impregna de música, de flores y de sonrisas, como si la ciudad entera decidiera agradecerle a “El Divo de Juárez” todo lo que le regaló. Y es que hablar de Juan Gabriel es hablar de un amor sincero por esta tierra. No olvidemos que él, a pesar de su fama, jamás negó sus raíces juarenses. Al contrario, las presumía con una alegría que nos hacía sentir parte de su éxito. Decía que en Juárez aprendió a luchar, a cantar, a soñar. Aquí forjó su destino y aquí encontró la inspiración para escribirle al amor, al dolor, a la esperanza y a la vida misma. Por eso, cuando Juárez celebra su legado, no solo conmemoramos a un artista, sino a una persona que enseñó que desde esta frontera también se puede conquistar el mundo.
El Museo de Juan Gabriel, ubicado en lo que fuera su casa, es hoy un templo del recuerdo. Quien cruza sus puertas siente un estremecimiento difícil de describir. Ahí están los trajes de lentejuelas que iluminaban los escenarios, los reconocimientos que recibió en distintas partes del mundo, las fotografías que lo muestran sonriente, rodeado de gente, en familia o en plena creación artística. Ese museo no es un simple espacio cultural, es un puente entre el pasado y el presente, un rincón donde Juárez abraza con cariño a su hijo querido. Detrás del brillo y la emoción de las celebraciones y del brillo de cada detalle del Museo Casa Juan Gabriel, hay un equipo apasionado y silencioso que hace posible que todo funcione. Desde quienes guían a los visitantes con historias y anécdotas, hasta quienes cuidan cada objeto y fotografía, su trabajo es silencioso pero fundamental. Trabajan con paciencia y cariño, conscientes de que su labor es el verdadero sostén del lugar y del homenaje. Sin ellos, la música, los recuerdos y la alegría que envuelven el ambiente, no serían más que ideas, También gracias a los que montan los escenarios, quienes trabajan detrás de los reflectores Gracias a su dedicación , la casa no solo conserva recuerdos, sino que se convierte en un espacio vivo de cada rincón.
Son muy emotivas las anécdotas que cada visitante lleva consigo. Hay quienes platican que lo vieron en el concierto de la X, hay quienes tenían boletos para el concierto ese 28 de agosto que se presentaría en el Paso Texas, los jóvenes platican que su abuela ponía sus discos los domingos, y hombres recios confiesan haber llorado con sus canciones en alguna madrugada.
Como otros años, se celebra un homenaje, coincidiendo con el primer aniversario del Museo y el noveno aniversario luctuoso del artista. El pasado 24 de agosto, familias completas participaron en la carrera recreativa de 5 kilometros, portando camisetas alusivas con la imagen del Divo. La “callejoneada”: “Yo te recuerdo”, una velada íntima y melancólica donde la música y el recuerdo se fundieron en las calles, desde el SEMJASE hasta terminar en el escenario exterior del museo es otro de los detalles preparados para la conmemoración.
Otro momento especial lo marcó la inauguración de la calle honrada en su nombre, El acto no solo consistió en develar la placa oficial, sino que estuvo acompañado de música en vivo, la presencia de sus admiradores que acudieron para rendirle tributo. La calle se convierte así en un punto de referencia urbana y cultural, un espacio de pertenencia que reconoce al artista como patrimonio de la ciudad.
El festejo “Juangabrielísimo” ha logrado algo que pocos homenajes consiguen: unir a Juárez. La música retumba en la plaza de la calle 16 de septiembre, en el escenario contiguo al museo los mariachis entonan con orgullo las melodías que ya son himnos y los artistas locales se sienten parte de un linaje que Juan Gabriel abrió con generosidad. Ver a la gente cantar al unísono es conmovedor. Es como si Juárez mismo se viera al espejo y se reconociera alegre, fuerte, resiliente, tal y como él. Al final, más allá de la fiesta, queda la certeza de que Juan Gabriel sigue vivo en cada rincón de la ciudad. En la calle que lleva su nombre, en el mural que adorna la avenida Juárez, en la escultura de su paseo cerca al quiosco, en el museo que resguarda su historia, y, sobre todo, en la memoria colectiva que no lo olvida. Porque un artista de su talla no muere, solo se transforma en canción, en recuerdo y en motivo de unión. Ciudad Juárez le dio a Juan Gabriel un escenario y él, en correspondencia, dio un lugar en el mapa cultural del mundo. Eso, nadie nos lo puede quitar. Celebrar “Juangabrielísimo” no es solo recordar al cantante, es reafirmar nuestra identidad juarense, es gritar con orgullo que aquí creció un hombre que nos enseñó que la vida, con todo y sus dolores, también puede cantarse con alegría. Por eso, cada vez que suena una de sus canciones en el aire polvoriento de esta frontera, sentimos que regresa. Y en efecto, regresa. Juan Gabriel nunca se ha ido.
Laura Ortiz / Doctora




