Juicio Político

La gentrificación ya se asoma en Chihuahua

La conversación pública sobre la gentrificación suele girar en torno al turista con laptop y al “nómada digital” que se instala unos meses en los barrios de moda. Es una explicación cómoda, pero se queda corta. El encarecimiento de la vivienda y el desplazamiento de vecinos en México responden sobre todo a la manera en que el suelo urbano se ha convertido en un activo financiero manejado por desarrolladoras locales y grandes fondos de inversión, con gobiernos municipales que reparten permisos y cambios de uso de suelo casi a la carta.

En las principales ciudades del país, la relajación de la regulación urbana, los créditos agresivos y los incentivos fiscales empujaron los precios de la tierra muy por encima de la capacidad salarial promedio. Fondos y fideicomisos inmobiliarios compraron edificios completos, los remodelaron, los denominaron “lofts” o “condominios de lujo” y los rentaron en dólares a través de plataformas turísticas. El saldo fue la pérdida de vivienda asequible y la salida silenciosa de miles de familias que no pudieron asumir las nuevas rentas.

Chihuahua ha replicado el patrón sin acaparar titulares. Barrios tradicionales del centro, La Obrera o La Zarco pasaron de tener casas familiares y comercio de barrio a exhibir fachadas pintadas a la moda industrial chic y estacionamientos privados. La compra masiva de propiedades suele estar encabezada por grupos empresariales locales con capital ganado en la ganadería, la minería o la obra pública, ahora apalancados con créditos bancarios y respaldados por instrumentos bursátiles. La narrativa oficial habla de “revitalizar el centro”, pero en la práctica se limita a trasladar población y a inflar la plusvalía.

Culpar al extranjero de paso simplifica la realidad. El visitante llega porque encuentra oferta, reglas flexibles y trámites diseñados para atraer dinero fresco. El problema de fondo es que los gobiernos han permitido que la vivienda funcione como instrumento de especulación antes que como derecho social. Mientras sea más rentable mantener unidades ociosas para revenderlas o rentarlas por noche que ofrecer contratos estables a precios acordes al ingreso local, la gentrificación seguirá avanzando.

La respuesta pasa por transparentar quién posee los inmuebles y a qué precio se alquilan, gravar las viviendas desocupadas que se usan como ficha de casino, restringir la conversión masiva de casas en hospedaje turístico y facilitar esquemas de propiedad colectiva que ayuden a los residentes a quedarse en sus colonias. También hace falta que los ayuntamientos incluyan la voz de los vecinos con voto real sobre los planes de desarrollo, no solo foros decorativos. Espacio público, cultura y comunidad valen más que el rendimiento trimestral de un portafolio, pero solo lo demostrarán regulaciones con dientes y ciudadanía organizada.

La gentrificación no es un choque cultural ni un accidente natural; es una estrategia de negocio avalada por la política urbana. Mientras el suelo se administre como mercancía sin límites, los precios seguirán subiendo y los barrios cambiarán de manos. El primer paso para revertirlo es abandonar el relato que apunta al visitante con pasaporte y empezar a exigir transparencia, regulación y responsabilidad a quienes lucran con la plusvalía.

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