Tres medicamentos de uso común que podrían representar riesgos para los adultos mayores

Durante años, algunos medicamentos se han convertido en parte habitual de los tratamientos para el insomnio, la ansiedad, las infecciones o la prevención cardiovascular. Sin embargo, nuevas investigaciones pueden cambiar lo que se considera una práctica adecuada, especialmente entre los adultos mayores, quienes pueden ser más vulnerables a determinados efectos secundarios.
El proceso suele repetirse: investigadores encuentran que un medicamento ofrece menos beneficios de los esperados o que sus riesgos aumentan con la edad; posteriormente, nuevos estudios respaldan esos resultados y las asociaciones médicas actualizan sus recomendaciones.
En algunos casos, los fármacos terminan incluidos en los Criterios de Beers, una lista de medicamentos potencialmente inapropiados para adultos mayores elaborada por la Sociedad Estadounidense de Geriatría. También pueden surgir advertencias de organismos como la FDA o el Grupo de Trabajo de Servicios Preventivos de Estados Unidos.
El problema es que cambiar hábitos de prescripción puede tomar años.
“Los medicamentos son como percebes: es fácil empezar a tomarlos, pero puede ser difícil dejarlos”, explicó el geriatra Michael Steinman, de la Universidad de California en San Francisco.
De acuerdo con Steinman, además de los retrasos en la difusión de nuevos hallazgos, médicos y pacientes pueden acostumbrarse a determinadas formas de tratar una enfermedad, lo que dificulta adoptar alternativas.
Benzodiacepinas: menos uso, pero persisten las alertas
Las benzodiacepinas, utilizadas principalmente para tratar ansiedad e insomnio, llevan años bajo escrutinio. Entre ellas se encuentran medicamentos como Valium, Xanax y Ativan, además de fármacos relacionados conocidos como medicamentos “Z”, como Ambien y Lunesta.
El psiquiatra y epidemiólogo Mark Olfson, de la Universidad de Columbia, advierte que estos medicamentos pueden afectar el equilibrio, la coordinación y la cognición, aumentando el riesgo de caídas, fracturas y accidentes. Cuando se combinan con opioides, también pueden incrementar el riesgo de sobredosis.
Además, su uso prolongado puede generar dependencia y provocar síntomas de abstinencia al suspenderlos.
Un análisis reciente de las tendencias de prescripción encontró que, entre los mayores de 65 años en Estados Unidos, el uso general de benzodiacepinas cayó del 14% al 11.5% entre 2015 y 2024.
Sin embargo, el descenso se habría estancado desde 2020 y el consumo entre personas de 75 años o más aumentó, al pasar de alrededor del 12% en 2020 a cerca del 13% en 2024.
Los especialistas subrayan que las benzodiacepinas no deben suspenderse de manera repentina. Una reducción gradual y supervisada por un profesional puede ser necesaria para evitar síntomas de abstinencia.
Antibióticos: cuando menos puede ser más
Otro ejemplo es el tratamiento de la diverticulitis no complicada, una inflamación relacionada con pequeñas bolsas que pueden formarse en el colon.
Durante años, los antibióticos fueron parte habitual del tratamiento. Sin embargo, desde 2015 distintas organizaciones médicas comenzaron a desaconsejar su uso rutinario en los casos no complicados, debido a que los ensayos clínicos no encontraron beneficios importantes en resultados como mortalidad, cirugía, complicaciones o recaídas.
El farmacéutico e investigador Jesse Sutton, del VA Minneapolis Health Care, señala que los antibióticos también pueden provocar efectos secundarios y aumentar el riesgo de infecciones por C. difficile. Además, su utilización excesiva contribuye al problema mundial de la resistencia a los antimicrobianos.
Pese a las recomendaciones, un estudio que analizó aproximadamente 70 mil consultas en 120 centros de Asuntos de Veteranos encontró que los antibióticos continuaban siendo prescritos en alrededor del 97% de las consultas por diverticulitis no complicada.
El uso innecesario de antibióticos también continúa siendo un problema en otras situaciones, como algunas infecciones urinarias sin síntomas y determinadas infecciones respiratorias que suelen tener origen viral.
Aspirina: no siempre sirve para prevenir un primer infarto
La aspirina representa un caso diferente debido a que puede adquirirse fácilmente y millones de adultos mayores la consumen con la idea de prevenir enfermedades cardiovasculares.
En personas que ya tuvieron un infarto, accidente cerebrovascular o determinados procedimientos cardíacos, la aspirina en dosis bajas puede formar parte de la llamada prevención secundaria.
Pero la situación cambia cuando se trata de personas que nunca han sufrido uno de estos eventos. Para la prevención primaria, las recomendaciones comenzaron a modificarse en los últimos años debido a que los beneficios pueden ser reducidos frente al riesgo de sangrado.
El Colegio Americano de Cardiología y la Asociación Americana del Corazón desaconsejaron en 2019 su utilización con este objetivo en personas de 70 años o más, mientras que el Grupo de Trabajo de Servicios Preventivos de Estados Unidos recomendó evitar iniciar aspirina para prevención primaria a partir de los 60 años.
Uno de los principales riesgos son las hemorragias gastrointestinales, cuya probabilidad aumenta con la edad. En casos menos frecuentes, pero más graves, también pueden producirse hemorragias cerebrales.
Un estudio publicado en JAMA encontró que el uso de aspirina para prevención primaria disminuyó considerablemente entre 2011 y 2023. Sin embargo, más de un tercio de las personas de 70 años o más todavía la utilizaba.
Los especialistas aclaran que existen adultos mayores con determinados factores de riesgo cardiovascular para quienes la decisión puede ser diferente. Por ello, quienes ya toman aspirina no deberían modificar el tratamiento por su cuenta.
La principal recomendación de los expertos es revisar periódicamente los medicamentos con un profesional de la salud y preguntar si cada uno continúa siendo apropiado conforme cambian la edad, los riesgos y las condiciones médicas.




