Juicio Político

Juárez, una ciudad que no puede acostumbrarse a sobrevivir

Hay ciudades que avanzan porque tienen todo a favor. Y hay otras que avanzan precisamente porque han aprendido a hacerlo a pesar de todo.

Ciudad Juárez pertenece a la segunda categoría.

La frontera ha demostrado una y otra vez que puede resistir temporadas difíciles, crisis económicas, problemas de seguridad, cambios migratorios y decisiones tomadas a cientos o miles de kilómetros de distancia. Pero resistir no debería convertirse en la única virtud de una ciudad.

Porque Juárez merece algo más que acostumbrarse.

Durante años, los juarenses han aprendido a vivir con problemas que deberían ser temporales, pero que terminan convirtiéndose en parte del paisaje: calles deterioradas, infraestructura que necesita mantenimiento, transporte que no siempre responde a las necesidades de la población, espacios públicos que requieren atención y una sensación permanente de que la ciudad siempre está esperando la siguiente solución.

Y quizá ahí está uno de los mayores riesgos: cuando una sociedad se acostumbra a que las cosas funcionen a medias, comienza a considerar normal lo que no debería serlo.

Juárez es una ciudad que genera riqueza, empleo y oportunidades. Su ubicación la convierte en una pieza fundamental de la relación económica entre México y Estados Unidos. Miles de familias dependen diariamente de la actividad industrial y comercial que se desarrolla en esta frontera.

Sin embargo, el crecimiento económico no siempre significa que todos los habitantes perciban inmediatamente sus beneficios.

Una ciudad moderna no puede medirse únicamente por el número de empresas que llegan o por los millones de dólares que cruzan diariamente la frontera. También debe medirse por la calidad de sus calles, sus parques, sus escuelas, sus servicios públicos, su seguridad y las oportunidades que ofrece a quienes nacieron aquí.

Y en ese punto todavía existe una deuda.

Juárez también tiene algo que muchas ciudades no poseen: una enorme capacidad para reinventarse. Su población está acostumbrada a trabajar, emprender, cruzar fronteras, adaptarse y comenzar de nuevo.

Pero esa fortaleza ciudadana no debe convertirse en una excusa para que las autoridades hagan menos.

El ciudadano que todos los días sale de su casa para trabajar merece que su ciudad funcione.

La madre que lleva a sus hijos a la escuela merece calles seguras.

El joven que busca oportunidades merece espacios públicos dignos.

El adulto mayor merece transporte y servicios que le permitan vivir con tranquilidad.

Y quien llega a Juárez en busca de una nueva oportunidad merece encontrar una ciudad capaz de recibirlo sin perder su identidad.

Por eso, el verdadero desafío de la frontera no es solamente crecer. Es crecer bien.

No se trata de presumir una ciudad perfecta, porque ninguna lo es. Se trata de dejar de aceptar como inevitables problemas que sí tienen solución.

Juárez no necesita que le expliquen constantemente por qué algo no se puede hacer. Necesita autoridades capaces de decir qué se va a hacer, cuándo y cómo.

También necesita ciudadanos que exijan, participen y cuiden aquello que se construye.

Porque una ciudad no pertenece únicamente al alcalde en turno, ni al Gobierno estatal, ni a una administración federal. Pertenece a quienes todos los días la caminan, la trabajan y la mantienen viva.

Juárez ha demostrado que sabe sobrevivir.

Ahora tiene que demostrar que también puede dejar de sobrevivir para comenzar a vivir mejor.

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