Juicio Político

La salud mental de los políticos

“La salud mental no consiste en saber lo que quieres, sino en comprender lo que no quieres”

-Jodorowsky

Los ciudadanos nos mostramos cada vez más desencantados ante la creciente polarización ideológica en nuestras sociedades. La polarización ideológica suele acompañarse de polarización afectiva, que podríamos describir como el disgusto emocional que nos producen aquellos que percibimos ideológicamente alejados de nosotros, a quienes planteamos una enmienda a su totalidad.

Aunque hay debate, muchos autores coinciden en señalar a los políticos como causantes de esta polarización afectiva, alimentada por una competencia partidista crispada en la que parece difícil encontrar espacios para el acuerdo. Son tiempos de política maniquea y peligrosa. Para muchos, la política se está convirtiendo en un asunto triste.

Los políticos y las políticas también lo sufren. Aunque la investigación al respecto es escasa, existe evidencia de que los políticos muestran peor salud mental que el resto de la ciudadanía, considerando diversos factores. Sin duda, se trata de una profesión dura y exigente, sometida a múltiples estresores, de los cuales, de nuevo, sabemos poco.

Sí parece claro que la temporalidad e incertidumbre de la profesión, la imposición de horarios maratonianos difícilmente compatibles con una vida personal satisfactoria y el sometimiento constante al escrutinio público —a menudo descarnado— dejan a los políticos “sin reservas en el tanque”. Así vemos a Morena y sus pequeños aliados destrozando la Ley de Amparo, con argumentos que ni ellos entienden sobre la retroactividad de las normas que tanto buscan justificar, sin comprender para qué sirve dicha ley. Ya los veremos, cuando después de sus tropelías sean buscados por la justicia, darse cuenta de la importancia de esta institución normativa.

Se les debe dotar no solo de conocimientos, sino también de herramientas para enfrentar el estrés, conectarse con sus valores y aprender a cultivar la empatía. Poco a poco, la salud mental y la polarización política comienzan a discutirse conjuntamente en el debate público; es decir, no treparse a la tribuna para insultarse sin construir derechos que a los ciudadanos nos siguen arrebatando. Podemos entender que el partido oficial controle los tres poderes de la Unión, pero hay instancias internacionales a las que aún no se ha acudido. Si los políticos de oposición no atienden sus reclamos, es hora de acudir a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Si bien es cierto que a la presidenta no le importa lo que digan los organismos internacionales, también lo es la importancia de evidenciar que nos conducen hacia una tiranía bajo su total control.

Aunque es un campo relativamente nuevo en la ciencia política, sabemos que las emociones juegan un papel muy importante en la política. El miedo, el asco o la ira influyen en nuestro comportamiento político: pueden llevarnos a radicalizarnos, a procesar la información de manera sesgada, a optar por soluciones conservadoras o a percibir a los otros como una amenaza; es decir, a polarizarnos.

Por otro lado, una abundante literatura ha demostrado que el entrenamiento de la atención a través de la meditación ayuda a regular tanto la atención como las emociones, y cambia la forma en que percibimos y nos identificamos con nuestros pensamientos. Como lo estamos viviendo, al Estado mexicano no le interesa que leamos ni que discutamos abiertamente en paneles de intercambio de ideas. Claro ejemplo fue el “parlamento” que se formó para la reforma de la Ley de Amparo, que sirvió solo para que los expertos en la materia se tomaran un café con galletas, eso sí, de animalitos.

La idea es, pues, simple, pero no ingenua: no podemos despolarizarnos si no somos conscientes de que lo estamos. Meditar puede ayudar a potenciar esa conciencia, contribuyendo a relacionarnos con menos apego a esas identidades sólidas, tornándonos más ecuánimes y compasivos. En suma, se necesita un ejército de psiquiatras para atender a la gran mayoría de los políticos, quienes sólo ven crecer sus delirios; lo peor, creen que es normal.

No parece posible que veamos los cambios que necesitamos en la vida política a menos que todos, especialmente quienes nos lideran, reconecten de forma auténtica con ciertos valores y con un sentido profundo de humanidad compartida.

Las intervenciones basadas en la atención plena en contextos políticos pueden ayudar en este objetivo, además de proporcionar herramientas a quienes nos dirigen para navegar un entorno en el que, conviene recordarlo, a menudo también son víctimas voluntarias.

Hubo un tiempo en que la profesión política fue prestigiosa. A pesar de los desafíos que conllevaba, la vocación de servicio público o el empoderamiento que suponía mejorar la vida de la gente parecían suficientes para generar gratificación entre quienes la ejercían, así como reconocimiento entre la ciudadanía. Cierto es que, desde los tiempos de la república romana, la trastienda del poder ha sido siempre menos brillante: luchas por la promoción personal, traiciones, conflictos, desacuerdos o incluso marginación dentro del propio partido. Sin embargo, la aceleración de los tiempos, el continuo escrutinio de la actividad política provocado por los medios y las redes sociales, el uso desmedido que los líderes políticos hacen de ellos y un ambiente electoral permanente parecen estar empujando a la profesión política a un callejón sin salida. Esta situación puede tener consecuencias relevantes para la selección de quienes se acaban dedicando a esta actividad.

La preocupación por el bienestar psicológico de nuestros políticos, sus causas y sus consecuencias, ha impulsado la aparición de iniciativas y estudios para entender mejor por qué la dedicación a la política parece conllevar una renuncia al equilibrio emocional y al bienestar personal. Entre estas iniciativas destaca el informe Meros Mortales, realizado por la organización Apolitical. En él se muestra evidencia sobre el bienestar mental de la gente que se dedica o se ha dedicado a la política. Para ello, se ha recogido un número limitado, pero revelador, de encuestas y entrevistas en profundidad a políticos en activo y expolíticos. Sin pretensiones académicas, llama la atención sobre las consecuencias que la dureza de la profesión puede tener a la hora de preservar el sano juicio (en sentido literal) de nuestra clase política, las consecuencias que ello puede tener sobre la toma de decisiones y las políticas públicas, y, sobre todo, sobre el escaso atractivo de la política para las nuevas generaciones.

Ser político hoy implica aceptar el escrutinio público de la vida personal y profesional y someterse a una evaluación constante que, en ocasiones, roza la intimidación. Un buen ejemplo de ello son los “odiadores”, figuras obsesionadas con la aniquilación de políticos. Tal peaje disuade a la mayoría de involucrarse en política y, en cambio, la hace atractiva a personalidades con rasgos psicológicos patocráticos.

En un libro reciente, el profesor James Weinberg, de la Universidad de Sheffield, utiliza entrevistas a políticos nacionales del Reino Unido, Canadá y Sudáfrica para identificar los principales estresores a los que dice enfrentarse la profesión. Los más citados son los asociados con el estilo de vida y sus repercusiones familiares, los relacionados con la falta de conocimiento y apoyo organizativo —incluida la alta competitividad dentro de los partidos políticos— y los vinculados a la desconfianza que perciben por parte del público, a menudo reflejada en un cinismo creciente hacia la profesión. Este “estresor de la desconfianza” redunda en políticos que se sienten menos eficaces y más deprimidos. Las consecuencias de esto último para la toma de decisiones pueden ser severas y, por tanto, es de interés público atender a estos estresores en el ejercicio de la política.

Ante la evidencia de la ausencia de formación específica para la profesión política, se vislumbra un movimiento de la sociedad civil para formar al nuevo liderazgo político. Algunas organizaciones, como las academias promovidas por Apolitical, empiezan a incorporar en los programas de formación política aspectos relativos al autoconocimiento, como el cultivo de habilidades psicológicas y emocionales. La aparición de “incubadoras de políticos” es de interés académico porque refleja una respuesta de la sociedad civil a las demandas de un liderazgo político diferente. Aún desconocemos el impacto de estas organizaciones o la eficacia de las intervenciones que promueven, dada su novedad, pero es dudoso que, sin iniciativas paralelas para humanizar la actividad dentro de los partidos y parlamentos, este nuevo liderazgo pueda florecer.

No obstante, queda mucho camino por recorrer hasta que cambie la visión sobre la profesión política, no solo desde la sociedad, sino también entre los mismos políticos, acostumbrados a la proliferación de insultos, ataques públicos, ridiculización del adversario y actitudes chulescas.

Quizás la primera y urgente tarea de los nuevos liderazgos sea precisamente reflexionar e impulsar códigos de conducta y reglas para una acción política más humana y ecuánime ante los intentos de destruirla.

Por lo pronto, que sigan las instituciones de nuestro país; el pueblo bueno está con ustedes.

Salud y larga vida

Profesor por Oposición de la Facultad de Derecho de la UACH
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Francisco Flores Legarda

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