Chihuahua no puede acostumbrarse a vivir con miedo

Hay una pregunta que debería estar por encima de cualquier discurso, informe o conferencia de prensa sobre seguridad: ¿la gente se siente realmente segura?
Porque una cosa son las cifras y otra muy distinta es la vida cotidiana.
Las autoridades pueden hablar de operativos, detenciones, patrullas, cámaras, tecnología y disminución de determinados delitos. Y sí, todos esos indicadores importan. El problema aparece cuando las estadísticas dicen una cosa, pero una parte de la población sigue cambiando sus rutinas por miedo.
En Chihuahua, la discusión sobre seguridad no puede reducirse a quién presenta mejores números ni convertirse en una competencia política por demostrar quién tiene razón. Recientemente, incluso se han confrontado públicamente distintas lecturas sobre los resultados de seguridad en el estado.
La percepción también importa. Y mucho.
Porque para una madre que espera a su hija cuando regresa del trabajo, para un estudiante que cruza una calle de noche, para una persona que toma el transporte público o para una familia que evita determinados lugares después de cierta hora, el problema de seguridad no es una gráfica.
Es su vida.
Chihuahua tampoco puede caer en el error de acostumbrarse a que la violencia sea parte del paisaje. Que una noticia sobre un asesinato se vuelva una más. Que escuchar de una balacera ya no sorprenda. Que las familias aprendan qué calles evitar y a qué hora regresar a casa como si eso fuera una habilidad normal para sobrevivir.
Y aquí está uno de los mayores retos: la seguridad no se construye solamente con policías.
También se construye con calles iluminadas, espacios públicos ocupados, escuelas funcionando, oportunidades para los jóvenes, atención a las adicciones, investigación de los delitos y, sobre todo, con una justicia que funcione.
Porque detener a alguien no resuelve por sí mismo el problema si después los procesos se caen, las investigaciones no avanzan o las víctimas terminan sintiendo que denunciar no sirve de nada.
Tampoco basta con instalar tecnología si no existe capacidad humana para interpretar la información y convertirla en investigaciones que permitan prevenir y castigar.
Chihuahua necesita resultados, sí. Pero también necesita recuperar algo que no aparece fácilmente en los informes: la tranquilidad de su gente.
La discusión debería dejar de ser quién presume más y comenzar a centrarse en qué falta por hacer.
Porque una ciudad verdaderamente segura no es aquella donde las autoridades pueden presumir mejores estadísticas. Es aquella donde una persona puede salir de su casa, regresar de noche, llevar a sus hijos al parque o utilizar una calle cualquiera sin preguntarse primero si está poniéndose en riesgo.
Y Chihuahua no debería conformarse con menos.




