¿De qué sirve inaugurar obras si no se cuidan?

La obra pública suele ser uno de los principales argumentos de cualquier gobierno para presumir resultados. Se anuncian nuevas pavimentaciones, parques rehabilitados, camellones renovados y espacios deportivos, pero pocas veces la conversación se centra en lo que ocurre después de cortar el listón.
Una calle recién pavimentada pierde rápidamente su calidad si no recibe mantenimiento. Un parque puede convertirse en un espacio abandonado cuando deja de podarse, limpiar o reparar el mobiliario. Lo mismo ocurre con luminarias, semáforos y áreas verdes: construir es importante, pero conservar es lo que realmente garantiza que la inversión beneficie a la ciudadanía durante años.
El mantenimiento también representa una forma de cuidar el dinero público. Reparar una grieta a tiempo cuesta mucho menos que reconstruir una vialidad completa meses después. La prevención suele ser menos costosa que la corrección.
La responsabilidad, sin embargo, no recae únicamente en las autoridades. Tirar basura, destruir bancas, pintar grafiti en infraestructura pública o dañar áreas verdes acelera el deterioro de espacios que pertenecen a toda la comunidad.
Más allá de quién gobierne, el verdadero reto es construir una cultura donde la obra pública no solo se inaugure, sino que se conserve. Porque una ciudad no mejora únicamente con proyectos nuevos; también mejora cuando se cuida lo que ya tiene.




