Juicio Político

¿El antirrábico debe regresar?

El lunes nos asombró la noticia de un ciudadano que perdió la vida a causa del ataque de un grupo de perros. Esto voltea la mirada a un problema social que ha venido creciendo y del cual nos hemos hecho de la vista gorda. Nadie puede negar que se han ido proliferando los casos de animales ferales, o mejor conocidos como callejeros, en especial perros, los cuales han comenzado a agruparse por ser tantos y han empezado a formar jaurías, las cuales sobreviven por el amor de samaritanos que los alimentan y resguardan, pero más por el olvido y negligencia de pésimos dueños que los abandonan en la calle.

El caso de días pasados llamó la atención por las consecuencias fatales, pero el problema de los perros callejeros es una constante en la ciudad. ¿Cuántas agresiones no han quedado sin denunciar y cuántas más acciones vemos como normales, pero que pueden tener consecuencias graves en el futuro al no atender la problemática? Tambos de basura tirados cada mañana, empeorando la contaminación en Juárez; las comunes peleas entre los perros de hogar y los de la calle, a través de puertas y barandales, que pueden ir a más; pero, sobre todo, una epidemia que nos ha costado confrontar: la proliferación de garrapatas, que ya son muy comunes en mascotas, pero que también afectan a los juarenses.

Con todo esto, la pregunta es: ¿cómo podemos solucionarlo? Hay que recordar que, hace algunos años, el antirrábico, mejor conocido como “la perrera”, patrullaba las calles de la ciudad y, entre lazos, jaulas de hierro y sacrificios, tenía un control férreo sobre el problema social de los perros callejeros que ahora nos abruma. Aunque muchos lo tachamos como actos de crueldad animal que debían erradicarse a cualquier costo, hay que considerar que quizá esas medidas, que veíamos como crueles, lograban un bien mayor a largo plazo; quizá esas medidas hubieran evitado tantas lesiones, enfermedades y muertes.

Hoy en día es una realidad que se prohíbe el sacrificio de forma rutinaria. Cambiamos al antirrábico por otras instituciones más animalistas y, de pasar a un centro de exterminio, buscamos consolidar un centro de bienestar animal. Esto, exponencialmente, hizo que se abarrotaran los centros e, indirectamente, provocó que el patrullaje constante sea inviable, porque los protocolos de captura son más estrictos y complicados, pero, sobre todo, porque no hay lugar donde colocarlos, haciendo que los animales ferales se queden en la calle, donde siguen creciendo tanto en número como en peligrosidad.

Honestamente, no creo que sea viable regresar a los tiempos de “la perrera”. Considero que tenemos alternativas mucho más humanas que esa, pero también debemos reconocer que las presentes campañas de adopción, esterilización voluntaria y los muchos esfuerzos de fundaciones parecen no ser suficientes para un problema que crece cada día más. Es obvio que en Juárez hay amantes de los perros y de los animales en general, pero esos corazones nobles son rebasados con creces por ciudadanos indiferentes al sentir de estas criaturas y a las consecuencias que implican para Cd. Juárez, en las cuales participamos todos.

Este es un tema muy polémico que debe razonarse profundamente y, desde luego, integrando los intereses de todos, incluidos los perros. Las perspectivas humanistas y animalistas deben llegar a acuerdos en común con soluciones reales, pero, sobre todo, viables. La situación actual tiene a los perros de la calle padeciendo y, a su vez, a los refugios, tanto del gobierno como particulares, sobrecargados, y que, por esta razón —algunos— viven en condiciones precarias e indignas y sobreviven por cooperaciones que se hacen con mucho amor, pero con capacidad económica limitada.

En lo personal, yo amo a los perros, pero soy consciente de que son animales que merecen tener condiciones dignas. No creo que el amor sea verlos en la calle y perpetuar esas condiciones con una caricia o un paquete de comida; esto es más autoindulgencia. Si realmente amamos a dichos animales, hay que buscar maneras de realmente cuidarlos. Debemos encontrar formas más allá del sacrificio, pero también de la visión demasiado optimista de los centros de adopción. Quizá buscar controles más rigurosos, maneras de sostener dichos centros, como impuestos especiales, porque, al fin y al cabo, tener un perro es un privilegio, el cual todos quieren, pero pocos saben apreciar.

Pablo Pérez / Analista

 

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