Juicio Político

La frontera y la Luna

Lo lograron otra vez. Cincuenta y tantos años después, los vecinos del norte volvieron a volar una nave tripulada sobre la superficie lunar. Con precisión quirúrgica, con ese despliegue de tecnología y orgullo que tanto les gusta exhibir. El regreso triunfal de la Misión Artemisa ha devuelto a los estadounidenses su aura de pioneros cósmicos.

Los titulares lo dicen todo: la humanidad está de vuelta en la Luna. Y mientras ellos estudian las bases permanentes para futuras colonias marcianas, esta mañana en el puente Santa Fe el tráfico para cruzar a El Paso sigue siendo el mismo infierno de siempre. Tres horas bajo el sol para recorrer 700 metros de frontera.

¿Cómo es posible que un país que domina la robótica, la inteligencia artificial y los sistemas de navegación interplanetarios no haya podido agilizar los cruces fronterizos de Juárez, Tijuana, Laredo, McAllen o Matamoros? ¿Será que resulta más fácil aterrizar una cápsula en el Mar de la Tranquilidad que agilizar el puente Paso del Norte?

Desde aquí, la ironía es inevitable. Uno mira al cielo y ve la Luna, brillante, conquistada de nuevo por los ingenieros de la NASA. Luego baja la mirada y se encuentra con las largas hileras de autos detenidos, las filas de peatones cargando mochilas, el olor a gasolina y tacos de guisado. Dos mundos separados por una valla metálica y una burocracia que parece inmune al progreso tecnológico.

Ciudad Juárez es, en sí misma, un símbolo de todas esas paradojas. Al norte, nos delimita una frontera que parece insuperable. Al sur, un retén militar que lleva más de una década instalado, como recordatorio de que vivir aquí implica pasar revisiones permanentes. Entrar o salir de Juárez significa siempre enfrentarse a un filtro, a una barrera, a una sospecha.

Es curioso: mientras los astronautas viajan por el espacio, nosotros seguimos identificándonos en cada retén. Allá arriba prueban nuevos trajes espaciales con total libertad de movimiento; aquí abajo, cualquier intento de moverse libremente se topa con una garita.

En teoría, ambos sistemas —el espacial y el fronterizo— deberían basarse en la misma lógica: seguridad, precisión, eficiencia. Pero la diferencia está en el enfoque. En la NASA diseñan artefactos que viajan 400,000 kilómetros y aterrizan con margen de error de centímetros. En los puentes fronterizos basta con un sistema de aduanas fuera de servicio para colapsar medio día de comercio binacional.

Y sin embargo, no deja de ser admirable. Que el ser humano —y, por extensión, el estadounidense promedio— siga mirando al cielo y soñando con colonizar nuevos mundos, mientras aquí abajo seguimos intentando descifrar cómo atravesar una línea o perder tres horas de vida frente al volante.

Quizá eso nos distingue: ellos buscan conquistar el espacio exterior; nosotros sobrevivimos en un espacio interior lleno de obstáculos. Allá la épica se mide en kilómetros recorridos por un módulo lunar; aquí, en metros avanzados hacia el puente.

Desde el mirador de Anapra, la Luna se ve igual de hermosa que en Houston. Pero nosotros sabemos que para llegar a El Paso se necesita casi tanto trámite como para viajar a ese satélite. La diferencia es que los astronautas tienen fecha de regreso; los juarenses, no siempre.

Así que sí, celebremos el triunfo científico de Artemisa. Pero no estaría mal que, antes de pensar en colonizar la Luna o Marte, alguien se asome a la Tierra y repare este pequeño sistema de tránsito interplanetario llamado frontera norte.

Ulises Castellanos / Analista

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